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lunes, 22 de julio de 2013

Despedidas

La vida es un continuo devenir de ciclos, inicio y fin de etapas, principios y finales, desde que somos bebés y dejamos el biberón por el vaso, hasta en la vida diaria que las circunstancias o nuestras decisiones nos separan de las personas con las que caminamos juntos mucho tiempo.

Es importante, imprescindible, en la vida como en la ortografía colocar los puntos finales en el lugar correcto dejarnos pues de ponerle puntos suspensivos a todo. Quedarnos siempre con lo esencial, la frase exacta que nos defina; los que se quedan justificados por razones, los que se quedan por querencias de corazón.

Como ocurre en muchas películas, al querer producir la secuela de una magnífica cinta sale algo si no malo, si inferior a la primera parte. Las historias bellas con principios, desarrollos y finales deben guardarse y colocarse en un lugar privilegiado de la vida.

Saber decir adiós como cuando se rubrica un documento importante, presionando el bolígrafo hasta dejar marcas en el papel, como la catarsis de libertad apasionada, como la confesión de un culpable, como se signa la autoría de hechos inarrepentibles. Como se recuerdan los orgasmos sucios, como se besa las primeras veces.

Por más que nos sintamos complejos, entes con capacidades casi infinitas, la realidad es que tenemos el corazón pequeño y no podremos amar ni soñar, ni crecer si estamos llenos de necesarios puntos finales que no ponemos, aún enfermos, aún añorantes, aún deseosos.

Y ya con el corazón barrido de adioses nos quedaremos solo con esos dulces y perniciosos puntos suspensivos, que a menos que ocurra un milagro morirán con nosotros. Esos caprichos, esos antojos, esa esperanza que nos define, ese motivo que nos requiere. Como ese verbo en inglés intraducible: "Hope".


martes, 16 de julio de 2013

Proyecto Despedidas

Detuvo la carcajada, sostuvo la mirada y al precisarle el médico su diagnóstico terminal simplemente agradeció al galeno y salió de prisa sin olvidar su sombrero.

Buscó el parque más cercano, se sentó en la misma banca que un anciano, el viejo alimentaba las palomas concentrado, el joven miro al cielo, luego le dedicó pronunciando palabras con la mente un profundo discurso de agradecimiento al eterno. Por la vida, por los sueños, por permitirle recorrer tantos caminos a veces inciertos. Por regalarle la brusca oportunidad de despedirse de quien prefiera y el sabor en los labios de que cada día desde esa fecha sería un milagro.

Pasó un par de horas en esa banca planeando, discutiendo con sigo mismos sus últimos deseos, su forma de llevar el proceso, si avisaría o no, si lo haría a quién. Si no, como curarles pronto el duelo a quienes lo aprecian.

A ratos miraba las manos arrugadas de su compañero de banca, luego miraba las suyas, maduras pero con un perceptible dejo de juventud. Tenía 29 años.

Después de resolver muchas marañas mentales se levantó de súbito, esa sensación ansiosa de no perder más tiempo lo llevó a su coche. Manejó hasta su casa, entró y se dirigió hasta donde guardaba sus documentos, sacó la factura del auto y volvió a la calle, subió a su vehículo y manejó hasta un depósito donde ofreció su vehículo al gerente por dos terceras partes de lo indicado por el libro azul. Sin regatear aceptó, pasó a su secretaria la factura para que la enviara por fax a la concesionaria y ésta dictaminara su validez, mientras le pidió llenar un formulario con sus datos para preparar la transferencia en linea. Al menos algo útil tienes éstas maquinas, nos evitan visitar los bancos dijo el gerente.

Quince minutos tomó el trámite de validación y la transferencia solo tres, terminado entregó el comprobante y el joven aún sin nombre la tomó. Antes de dar la media vuelta el gerente le extendió su tarjeta, Por si el señor requiere nuevamente de nuestros servicios, la tomó por educación y salió con prisa.

Decidió caminar hasta su casa, caminó varias calles y en una esquina encontró un puesto de periódicos, especies en extinción en la ciudad y compró tres de los diarios de mayor circulación. Apretó el paso porque oscurecía, pero a veces por momentos se detenía absorto perdiendo la atención por un letrero, el anuncio luminoso de algún local o hasta mirando los escaparates de las tiendas. Un par de parroquianos que lo miraron desde la barra de un café lo presumieron recién llegado. Nada más equivocado, tenía siete años y medio en la urbe.

Al fin llegó a su casa, en su estomago un borborigmo le recordó la decena de horas sin probar alimento y más allá de la humana necesidad de comer buscó en el refrigerador algo que apaciguara los vergonzosos sonidos del intestino delgado. Luego de una cena frugal, destapó la botella de un brandy que veinte años pasó en un barril de roble. Escribió un par de cartas y duró hasta muy entrada la noche marcando con círculos algunos anuncios clasificados de los diarios. Muy entrada la noche apagó sus luces y se retiró a dormir.




viernes, 12 de julio de 2013

Prioridades

La vida, como misteriosa casualidad o dulce milagro se ve diferente después de estar cerca de perderle varias veces. De niño una infección estomacal que derivó en altísimas temperaturas y deshidratación, hace tres años y medio un accidente en el que uno de los implicados perdió la vida. Poco después un asalto y casi secuestro por el crimen organizado.

Se precisa cierta fortaleza mental para que los últimos eventos no afecten, no acaben con una cordura endeble, enferma a veces de tanta realidad. Y no lo digo a modo de martirizarme o ufanarme de nada, porque muchos más han pasado calamidades peores y han logrado crecer más que yo.

Pero es imposible después de experiencias tan fuertes no cambiar un poco, desde tomar precauciones y no reducir los riesgos privándose de libertades hasta disfrutar más cada minuto.

"Vive cada día como el último"  "Si te quedara un solo día de vida ¿Qué harías?".

Esas y otras reflexiones trilladas, sentimentaloides, hasta comerciales no vienen al caso. Porque lo más agudo que debe romper el alma después de casi perder la vida es redefinir el concepto trascender.

La muerte es una consecuencia natural de la vida. Es una constante en su ecuación. Perderla en juventud no es más tragedia aunque al verla decimos "Tantas cosas que le faltaban por vivir".

En lugar de enseñarle a los niños que hacer en cada etapa de la vida, deberíamos enfocarnos en enseñarles a ser felices y luego trascendentes. Nuestra educación inculca que en la vida imperativamente llegaremos a viejos y no hay peor ilusión.

En la lista debe tener la misma prioridad existir, trascender y ser feliz. No hay de Otra.